

El jueves 21 de septiembre de 2017, con los Amigos del Monasterio de Santa María del Arrabal, los integrantes de la ACIH, y el beneplácito de la abadesa sor María Luz Suárez Meana decidimos recordar a la poetisa gaditana María Gertrudis Hore y Ley (1742-1801) en la mismísima clausura en la que vivió los últimos 23 años de su existencia.


La razón de dicha quedada literaria y su pretensión prohibida, inaugurar la primera calle de Cádiz con el nombre de la escritora, siendo la única mujer dieciochesca – según la crítica decimonónica – digna de compartir fama con varones escritores de su época.
El lugar de elección: un callejón curioso, sin nombre, sin vecino, con escaleras y abiertos en tres frentes.

Con el poeta gaditano Jesús Fernández Palacios, en presencia de un público embelesado compartimos un momento único, irrepetible. Nos habíamos reunidos, gente del barrio, gente de Cádiz, de París, de Madrid – alrededor de 15 personas – para hablar de nuestra efímera y entrañable asociación (ACIH), pero sobre todo para descubrir, en un lugar inusual – la clausura – a la poetisa gaditana que estaba en boca de todos a finales del siglo XVIII.

Era cerca de las 8 de la tarde. Desde hace algunos minutos la gente llega por la calle Mirador. Cada uno a su debido tiempo franquea la inmensa puerta de metal azul curtido; luego, se ve obligado a bajar la cabeza, agacharse – algunos más, otros menos, – para adentrarse en el patio olivo, pequeño claustro ubicado en la parte más antigua del monasterio.


Recuerdo la impresión, la emoción de los asistentes, la de uno en particular con cariño. Sin dejar apenas rastro, los lazos entre los presentes se tejaban transparentes, manchados de satisfacción por lo inesperado del lugar de reunión, por su sencillez, por no decir su desnudez y su abandono. Entre las ruinas monásticas divisábamos los ladrillos, los arcos del edificio claustral, su arquitectura primitiva. Era uno de los lugares en el que, posiblemente, MG de la CH tuvo su celda, aunque demostración segura, ninguna.

Echar un vistazo – si os apetece – a lo que hicimos entre todos tras la quedada en el patio olivo al atardecer, cuando cae la noche. Arropados por la oscuridad, abandonamos la clausura y nos acercamos a la esquina del callejón prohibido.

Una espina brotó del muro desencantado a la mañana siguiente, temprano, el cartel avergonzado se había esfumado.
La calle efímera: María Gertrudis Hore
La periodista del Diario de Cádiz, extrañada, se quedó a solas frente a la esquina desolada, sin foto para difundir el evento, mientras gritaban a oídos sordos las entonces solitarias y blancas paredes de ese callejón sin nombre. AIH soñaba con poner rimas, versos y estrofas. Un callejón poético, un callejón para poetas, un callejón florido con un banco para sentarse y leer poesías. Ya no.

Es extraño, les hablo de la calle María Gertrudis Hore y en el rótulo de la calle de Torrejón de Ardoz (Comunidad de Madrid) se lee: Gertrudis de Hore. Señalemos una manía decimonónica sin fundamento científico, es decir, no demostrable en tiempos de la poetisa, ora por la propia interesada en su correspondencia, ora bajo la pluma de sus coetáneos, cuya repercusión post mortem le persigue. Hasta hoy. Pues, dicha manía – la partícula – nació en el siglo XIX bajo la pluma de historiadores y críticos literarios, razón por la que el concejo de Torrejón de Ardoz nombró la calle de la «Hija del Sol» Gertrudis de Hore. El modelo para su elección, probablemente, fuera la Biblioteca de Autores Españoles (BAE), un clásico.
En el año… pedí al concejo municipal de Cádiz alguna calle, alguna plazuela cerca del monasterio de Santa María (todas sin nombre) para la Hija del Sol, otro gaditano también se atrevió. Resolución: DENEGADO. Ahora, la asociación CÁDIZ ILUSTRADA recoge el testigo con ganas e ilusión.
